Enamorado

I
Lo Que Él Dice Que Piensa

         SE TRATABA de la última clase del cursillo. Hacía tiempo que mi mujer venía diciéndome que ya no hacíamos cosas juntos, a lo que yo siempre contestaba que eso no era cierto y que, en fin, si se le ocurría algo nuevo… que no dudara y que contara conmigo. Así que cuando nos apuntó al curso comprimido de Yoga, Tai-Chi, autoayuda, Budismo Zen y no sé cuántas otras cosas más, sin que ni siquiera me consultara, no pude negarme, no me atreví. Tampoco le pregunté cuánto cobraban por cada clase, sabía que habría sido todo una ofensa para ella y que, en el fondo, no iba a adelantar nada, más bien al contrario.

–Hoy trataremos el tema de la hipnosis regresiva –dijo el profesor.

El profesor nos hacía sentar en el suelo, con las piernas cruzadas, como los yoghis, con los pies sobre los muslos. Al principio, al comprobar las constantes dificultades, decía que lo intentásemos. El primer día, un matrimonio fiel a las clases y entrado en carnes, se las veía moradas para adoptar la posición de “relajación”. Hacían constantes esfuerzos y se ayudaban mutuamente. Creo que se sintieron aliviados cuando vieron que yo, que pasaba bastante del asunto, optaba por dejar las piernas simplemente cruzadas: la mujer hizo lo mismo y golpeó al marido con el codo, haciéndole una seña para que le secundase. El marido, al instante, recobró la compostura, la respiración y el color de la cara.

–El tema de la hipnosis es un tema muy delicado –continuó el profesor–. Al ser la última clase del curso y al haber concluido con el programa he decidido que podríamos tratar este apasionante asunto, que sé os interesará a todos ¿me equivoco? Además, como decían los sabios profesores de la antigua Roma: “la primera clase no se da y la última se perdona” –se escucharon algunas risas de fondo acompañando la sonrisa del profesor.

El profesor se incorporó de un salto, dejando la posición del yoghi y paseó por entre los alumnos. Siempre vestía una túnica, las tenía de todos los colores, y llevaba la barba algo poblada, descuidada a propósito, igual que el cabello: media melena limpia pero desatendida. No tendría ni treinta y cinco años. Yo sabía que no le caía bien y él sabía que el sentimiento era recíproco. Era claro que mis constantes preguntas interrumpiendo sus explicaciones me había situado desde el primer día del lado de los incrédulos y de los suspicaces. Él, a su vez, sabía que yo le había situado del lado de los mercachifles caraduras, que es lo que era: así es que la distancia insalvable que se había generado, era imposible disimularla ante mi mujer cada día después de clase. “Es un listo, parece que todo lo sabe”, le decía. Y ella me recriminaba: “¡Qué dirás! Lo bien que se explica y todo lo que sabe, para lo joven que es. Además, es tan atractivo…”. “¿Atractivo?”, replicaba yo. “Es tan guapo”, decía mi mujer. “Bueno, puede que sea lo único que tenga”, concluía yo cambiando de tema, porque a ella se le impregnaba una sonrisilla tonta y medio melancólica en el rostro que no me gustaba.

A mi me exasperaba la candidez con la que toda la clase asumía la verborrea del profesor, me enervaba y colmaba mi paciencia toda esa sabiduría oriental sobre la relajación. Durante las clases, la mirada del profesor se paseaba por los ojos de los alumnos, a veces se encontraba con los míos, él terminaba respondiéndome con los párpados medio entornados, sin dejar margen a la duda, su mirada altiva y arrogante era un inequívoco síntoma de desprecio. Había logrado caerle gordo y parecía que toda su filosofía zen sobre el control de la voluntad y la hermandad de los pueblos se caía por tierra.

El profesor paseó por la habitación que, como siempre, se mantenía en penumbra: nada de luz eléctrica, solo velas e incienso de vainilla quemándose por las cuatro esquinas.

–La regresión hipnótica es una alteración de la conciencia con una elevada respuesta a la sugestión –dijo–. La hipnosis se ha venido empleando en tratamientos médicos y psiquiátricos… –hizo un silencio premeditado y prosiguió–, y en espectáculos circenses, junto al número de la mujer barbuda–. Se escucharon risas que, una vez más, acompañaron la del profesor–. Para alcanzar el estado de hipnosis se requiere un operador entrenado, un hipnotizador, por eso les ruego que lo que vamos a hacer hoy aquí, no lo repitan en sus casas, ni con sus amigos, en ningún momento, si no hay un experto que supervise el ejercicio.

II

Lo Que Piensa El Profesor

         Se trataba de la última clase del cursillo. Llevaba tres meses con ese grupo. En general, eran bastante torpes, sobre todo un matrimonio que no faltaba ningún día. Su sobrepeso les impedía ni siquiera permanecer sentados en la misma postura más de tres minutos seguidos. En el fondo me hacían gracia. Luego estaba ese tipo que siempre interrumpía mis clases, siempre con la mirada altiva e incrédula. ¿Qué pensaba?, que le iba a arreglar sus desajustes, sus problemas personales, con dos horas a la semana. Estaba seguro que en el trimestre no había aprendido ni a controlar la respiración, claro que tampoco lo había intentado.

–Supongo que no habrá ningún voluntario o voluntaria –dije–.

La clase permaneció en silencio. Caminé lentamente entre los alumnos con la certeza de que cuanta más prosodia le echara al asunto, más interés despertaría en ellos. Por eso, preferí añadir algunos detalles de erudición:

–Las respuestas de los individuos que alcanzan el estado de trance a través de la hipnosis son el producto de su estado emocional, es decir, el sujeto hipnotizado refleja un comportamiento que viene a significar lo que es su sentimiento real. Todos, bajo ese efecto, terminamos contando la verdad, porque la atención se desconecta del mundo exterior.

–No me lo creo –dijo él, en su primera interrupción de la tarde.

–La mayor parte de la gente puede ser hipnotizada con bastante facilidad –dije, sin hacerle caso–. Se calcula que el veinte por ciento de la población podría caer en trance sin demasiadas dificultades: con estímulos sencillos. Y, aunque muchos piensan que en ese estado se puede mezclar la realidad con la fantasía, yo pienso que el hipnotizado termina por contar la verdad que esconde.

–No me lo creo –repitió él, a la vez que la mujer le reprendía con un gran codazo.

–Creo que ya tenemos un voluntario –dije.

Él permaneció en su sitio, por primera vez se calló.

–Vamos –dije animándole–. No tienes nada que perder.

III

Lo Que Sucede Finalmente

         El profesor tendió la mano del alumno díscolo conduciéndole al centro de la habitación, ordenando a su vez al resto de alumnos que se situaran en círculo alrededor de ellos. Luego pidió la colaboración de dos personas, a las que les entregó dos velas que debían mantener frente al hipnotizado, a corta distancia. Acomodó el volumen de la música ambiental y puso la palma de la mano entre las dos velas, frente a la cara del escéptico sujeto de la sesión de hipnosis, que permanecía en pie, con la habitual sonrisa incrédula, quizás disimulando la tensión del experimento.

–Quiero que mires mi mano y te concentres en ella –dijo el profesor–. Quiero que te abandones lentamente. ¿Ves la luz de las velas? Es la luz de tu mente. Es blanca, está limpia.

El profesor movió lentamente la mano en círculo alrededor de su cara, abanicando con la manga de la túnica el calor de las velas. Y prosiguió:

–Quiero que te abandones, que penetres en la luz blanca y limpia de tu mente. Quiero que lo hagas despacio. Sientes que tus párpados pierden fuerza. Cierras los ojos, pero continuas viendo la luz blanca y limpia que penetra en tu mente, que te sobrepasa. Quiero que cierres ahora los ojos y veas la luz. ¿La ves, la sientes?

Él ya había cerrado los ojos. La clase permanecía en absoluto silencio, solo se podía escuchar el crepitar de las velas que oscilaban desparramando la cera de manera incierta.

–Ahora vas a responder a lo que yo te pregunte. Dime, ¿ves la luz blanca?

Con tono cadencioso, como si no se tratara de su auténtica voz, él contestó: “Si”. Su mujer dio un pequeño respingo. Al igual que el resto de la clase, supo que él ya estaba sumido en estado de hipnosis.

–¿Qué ves? –preguntó el profesor.

–Veo una luz blanca y limpia –dijo él.

–Ya sabes que esa luz es la luz blanca y limpia de tu mente.

–Si –respondió.

–Dinos, ¿qué opinas de las clases de relajación?

–Que son una auténtica mierda –dijo el hipnotizado con el mismo tono cadente que le arrastraba. La tensión de la que estaban presos el resto de alumnos pareció distenderse. Se escuchó alguna risa nerviosa a la que el profesor amonestó con un gesto.

–¿Qué piensas de mi? –dijo el profesor.

El hipnotizado no contestó. Se tambaleaba con los ojos permanentemente cerrados. Pero de pronto abrió los ojos y abrió los labios y masculló unas palabras que solo el profesor y los alumnos que sostenían las velas pudieron escuchar. Luego se quedó con la boca semiabierta y volvió a entornar los ojos.

–¿Qué ha dicho? –preguntaron desde el fondo.

El profesor miró a los ayudantes que sostenían las velas y tragó saliva, de pronto el hipnotizado abrió los ojos y dijo con voz clara y mirando fijamente al profesor:

–Te quiero. Eres tan guapo… ¿Me quieres tú?

Entonces se abalanzó sobre él. Apartó las velas y le propinó un abrazo que, ante la sorpresa del profesor, se convirtió en un empellón que les condujo al suelo. El profesor permanecía atónito, bajo el cuerpo del hipnotizado, que descansaba sobre su regazo como si durmiera plácidamente.

–¡Quítenmelo de encima! –exclamó.

Con premura, varios alumnos agarraron al hipnotizado, que seguía en trance, y lo apoyaron contra la pared. La mujer se acercó, estaba realmente asustada.

–Despiértele, por favor –suplicó al profesor.

El profesor se acercó hasta él, pidió silencio pues el alboroto que se había formado no le permitía conectar con el hipnotizado. Sujetó su rostro con ambas manos y le susurró algo al oído. Al poco, él despertó y preguntó qué era lo que había         pasado.

De camino a casa, en el coche, ella permaneció en silencio. Por enésima vez le preguntó a su mujer qué era lo que había ocurrido en la sesión de hipnosis a la que le había sometido el profesor. Él decía no recordar nada, insistía que se sentía como nunca, descansado, como si hubiera estado durmiendo un montón de horas o como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

–¿De verdad que no te acuerdas? –le preguntó ella.

–No –dijo él.

–Cariño –le dijo ella–, ¿tú me quieres?

Fue al escuchar esa pregunta cuando él comenzó a recordar, como si presenciara imágenes fugaces. Se hundió en el asiento del coche y notó cómo el calor inundaba su rostro y la respiración, que no sabía controlar, se le atragantaba en la garganta.

 


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