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Lo que queda de la vida es la última mirada

Lo que queda de la vida es la última mirada. Relato. josecarlosbermejo.com

Lo que queda de la vida
es la última mirada

El gran Mario de Lucas, entrevistado

-LLÁMEME ANTICUADO, mejor antigualla, romanticón o diga que estoy demodé. Diga lo que le apetezca, usted es libre, presupongo. Yo no. Yo soy presa de eso que llaman amor y debo volver a decírselo, tengo que hacerle saber a Luján que, cuando la veo o la recuerdo, mis sentimientos danzan inquietos, que cierta desazón embarga mis emociones en el instante en que nuestras vidriosas miradas azules se cruzan. Tengo que volver a declararle mi amor y decirle todo aquello que no pude, pero de manera adecuada, formal, como hacíamos en mi época. ¿Por qué? ¿Para qué?, para que el cisne blanco que aún habita en la jaula de mi corazón pueda elevar su último canto, con igual dignidad que alegría. No sé porqué ella se muestra esquiva. En ocasiones se hace la distraída, como si no me conociera o no quisiera mirarme… No lo entiendo. Da igual. Quizá la vida me esté dando una nueva oportunidad, algo así como un segundo matrimonio. Vaya usted a saber. Solo que la declaración quedará entre nosotros. Me temo que no podré pedirle la mano a sus padres… Esa es mi máxima preocupación ahora, la de declararle mi amor, lo de sus padres no… -dice sonriendo y negando con la cabeza.

-Señor, sigue siendo usted un gran creador, un maestro de la palabra -dice el periodista, mientras comprueba que la grabadora del móvil está cumpliendo con su función. Observa cómo, al pronunciarse las palabras, oscilan columnas verdes, tornando a un amarillo fosforescente tras el fondo opacado. Se dice que el gran Mario de Lucas es una sombra de lo que fue. Quizá padezca un principio de Alzheimer, así lo escupen los mentideros. Lo último, y lo único, que se dice de él.

-¿Perdone?

-Me ha costado mucho poder venir a entrevistarle, nunca imaginé que podría comenzar contándome esto que me dice. -afirma el periodista, sorprendido. Según le escucha: ¿Quién podría pensar que ese hombre está comenzando a perder la cordura o el enfoque acertado de la supuesta realidad? El periodista se siente tan impactado que es incapaz de hacer las preguntas adecuadas a lo que escucha. Se escapa del guión que lleva preparado. Así, permanece callado, aunque es De Lucas quien rompe el silencio llenando de bytes su grabadora.

La vejez te otorga nuevas perspectivas, si sabes aceptarla.

-El tiempo corre en nuestra contra. Siempre lo ha hecho, pero cuando ya has cumplido los ochenta, la finitud cobra sentido con soberbia imprecación. Así lo creo, al menos hoy, que he despertado con absoluta lucidez mental. No siempre me ocurre, ¿sabe? Percibo algunos vacíos en la memoria que me son del todo incomprensibles. Pero hoy ni siquiera me he orinado. El pañal estaba seco. Me he levantado hasta el baño y aunque con dificultad, lo he logrado. Sí, en esta residencia conque un día se te escape el pis porque no te ha dado tiempo a levantarte y llegar al aseo, ya te colocan el pañal. Aquí, no suele haber segundas oportunidades… Lo cierto es que le he cogido el gusto bueno al asunto. La vejez te otorga nuevas perspectivas, si sabes aceptarla. Nadie recuerda cuando, en eso que llaman la más tierna infancia, te meabas sin mayor preocupación. Todo ventajas. Recuerde esto, para cuando le toque. Ese tipo de tranquilidades son un bien poco valorado. Y con él puesto, me siento relajado ¿Quién me lo iba a decir? Lo único malo del asunto es que a eso de las cuatro de la mañana, un enfermero o un auxiliar irrumpe en la habitación y te despierta para cambiarlo, te hayas meado o no. Mi nieta, Aitana, tuvo la feliz idea de colgar en la puerta un cartel, muy bonito por cierto, con pájaros volanderos, corazones de colores vivos y unas zapatillas deportivas de esas modernas que parecen hacerte caminar como si llevaras alas, diciendo: “Mi abuelo no se mea, no le despierten en la madrugada, por favor”. Qué bonita mi nieta. Andará por los trece o catorce años, lo mismo más. No sé. La cuestión es que la directora vio el cartel, un día que hacía la ronda (se ve que no la hace a menudo, o no se fija lo suficiente, porque el cartel llevaba un montón de días colgado, todos los que no me despertaban de mala madrugada) y ordenó retirarlo. Y lo tiraron a la basura. Eso imagino, porque del cartel nunca más se supo y volvieron los despertares a horas inadecuadas.

El periodista se siente perplejo por lo que está escuchando. Vuelve a mirar la grabadora y aspira tanto aire que los pulmones se le llenan, tan henchidos como el ego por la indudable importancia que va a tener esa entrevista en su carrera profesional. “Esto va a ser una bomba. Es tan inusual que un personaje como este se exprese de esta manera… No voy a saber ni cómo titular”, se dice en una imagen que ilustra, engrandecidos, sus ojos tras las cejas enarcadas mirando fijamente al entrevistado. Todo ello le distrae de la propia interviú.

Vuelve a mirar la grabadora y aspira tanto aire que los pulmones se le llenan, tan henchidos como el ego

-En fin, le vuelvo a pedir disculpas, tengo que dejarle. Voy a afeitarme, perfumarme y peinar el cabello ondulado que aún conservo. Cano, pero firme, como verá -dice, atusándoselo-. Hoy tenemos taller de memoria, y por la hora que es debo llegar justito. A ver si con un poco de suerte, puedo sentarme junto a Luján… -concluye De Lucas.

-Pero, ¡oiga! -exclama el periodista-. Aún no hemos terminado la entrevista.

-¿Qué entrevista? -dice De Lucas, levantándose y abriendo de par en par las palmas de las manos al aire.

Incluso quien no lo merece, pero insiste,
puede obtener un rédito inesperado

Después de muchas llamadas, correos electrónicos y peticiones intermediarias a terceras personas, Damián Benedicto consiguió dar el primer paso que materializara una idea que le venía rondando, desde hacía mucho tiempo, con objeto de reflotar su carrera profesional descendente: entrevistar a intelectuales, poetas y escritores (quizá no sean lo mismo), científicos o políticos (filósofos ya no quedan, si acaso uno) que se encontraran en la senectud, próximos al ocaso de la vida, para después dar forma a un compendio novelado con todas ellas. Benedicto creía estar a punto de crear un género que oscilaría entre la crónica, la entrevista y la novela. A lo Truman Capote, con su “A Sangre Fría”, pero de forma distinta. Aún no se le había ocurrido un nombre con el que bautizarlo, pero estaba en la creencia que hallarlo era cuestión de tiempo. El escritor Mario de Lucas era un claro objetivo: ochenta y dos años e internado en una residencia, mostraba la viva (o muerta) sombra consistente de lo que fue, de sus premios, de su asiento en mayúscula en la Academia, de sus columnas periodísticas, de sus doce novelas y un largo etcétera que hacía tiempo se había tornado con el gris del que se cubre todo lo que se considera pasado. Teniendo en cuenta que, ahora, la duración de la actualidad es más efímera que la flor de un almendro, su obra ya había sobrepasado los límites razonables para lograr mantener la atención de los medios o del público, que suele ser consecuencia de aquellos.

*

-Verán, yendo al meollo, la última antología de su padre, no solo no está dando beneficios, es que le está costando dinero a la editorial. Ya sabemos que la inversión publicitaria, los costes de impresión y distribución van a colarse entre los números rojos del balance anual para la empresa. Acepten la entrevista. Se lo ruego. Puede que anime algo las ventas. Su padre ya es pasado, no publica nada nuevo desde hace una eternidad. Que sí, que fue uno de los grandes, pero ya no. Si al menos fuera posible grabarle en vídeo para subirlo a YouTube, unos cuantos TikTok, tuviera redes sociales, no sé, algo… Pero así no vamos a ningún sitio. Ni ustedes, ni nosotros. Y reconozcan que no es una idea descabellada, lo hizo en su momento Antonio Escohotado y obtuvo abundante éxito…

Su padre ya es pasado, no publica nada nuevo desde hace una eternidad

Quien hablaba era el último agente y editor de Mario de Lucas, en una reunión telemática. Detrás de la pantalla, escuchaban esa diatriba sus dos hijos, herederos del legado en forma de derechos de autor, quienes sabían que aquello de la entrevista podía resultar cualquier ‘cosa’ porque su padre, el que fuera reputado escritor e importante personaje público hacía un par de décadas, un día podía lucir original y lúcido y otro esquivo, ido e, incluso, agresivo. El maldito alzheimer se debatía en ese intervalo de la demencia superada la fase inicial. Un día podía parecer un genio talentoso, con una expresión verbal que recordaba sus tiempos de gran narrador, pero otro confundir personas, emitir juicios de valor impropios u olvidar lo que había ocurrido apenas minutos antes.

-Bien, hagámoslo. Que le entrevisten. ¿Quién es el periodista? -preguntó su hijo. Ya había acuerdo familiar previo.

-Damián Benedicto -dijo el editor.

-¿Ese imbécil? -respondió la hija.

-Díganme en cuanto puedan qué día y a qué hora podría ir a la residencia. -respondió el editor, obviando el comentario reprobatorio.

Cuando la memoria necesita del taller de reparaciones

De Lucas llega ya comenzado el taller de memoria. Ha tenido que recibir la ayuda de un auxiliar, que le ha encontrado dubitativo en la segunda planta. El taller se celebra en la tercera. En apariencia, las cuatro plantas de la residencia son similares. Largos pasillos, de primigenio blanco dibujado en las paredes, reconvertido en un ligero crema por el paso del tiempo, acorde con los múltiples y holgados marcos de las puertas de color nogal; y el mismo olor a rancho de la cocina que llega a cualquier lugar, en indistinta hora. Cogido del brazo del auxiliar, De Lucas alcanza la puerta, la abre, da dos pequeños pasos y la percibe cerrarse tras de sí, encontrándose al pairo de la clase ya iniciada.

-Vamos, Mario, siéntate, te estábamos esperando -dice amistosa Amelia, la profesora del taller.

Mario busca con la mirada dónde sentarse.

-Perdonen, he llegado tarde porque me han entretenido -dice De Lucas exculpándose.

-No te preocupes, amigo, acabamos de empezar -replica Serafín, uno de los siete alumnos del taller.

-Junto a Laura, Mario, siéntate allí -dice Amelia, señalando el lugar-.

“¿Laura?”, se pregunta Mario. “¿Esta profesora aún no sabe su nombre? ¡Es Luján! Bueno, al menos el mío sí”.- se dice, mascullando las palabras mientras llega al asiento.

Como verás, Mario, hoy vamos a rellenar una ficha, añadiendo lo que usualmente se dice para completarlas. En la primera línea hay un ejemplo, la frase dice: “Dime con quién andas…”, a lo que habría que añadir “Y te diré quién eres”. ¿Estamos conformes?, lo entendemos, ¿verdad? Es sencillo. Pues, ale, ¡a escribir!- concluye Amelia.

“Escribir”. Cuando De Lucas escucha ese verbo, se le impone el imperativo tal cual fuera un sortilegio que le descubre la buena suerte escondida. En su mente se reflejan algunas imágenes albergadas en las esquinas del recuerdo: la presentación de uno de sus libros, firmando en una feria, recogiendo un galardón rodeado de aplausos… Por primera vez, desde hace mucho tiempo, tiene a su alcance un bolígrafo y se encuentra ante un papel al que dar forma redondeando palabras. Ese reflejo de un acto tantas veces repetido le aísla del entorno por un instante. Alza el folio algo tembloroso y observa las frases que allí se enuncian para su conclusión acertada. “¿Qué estupidez es esta?”, se pregunta. Gira levemente la cabeza y mira a Laura, cuyo extraordinario parecido con su mujer fallecida, Luján, le hace estremecer y dudar. “¿Es ella?”, se pregunta. “Sí, es ella”, se responde. Demasiados estímulos concentrados para el anciano De Lucas. Analiza el perfil de la mujer: la nariz ligeramente respingona, en una línea ondulosa que siempre le pareció elegante. Ahí siguen sus labios, aún carnosos, brillantes por el carmín rojo, aunque ahora, como nunca había visto, delineados por arrugas que los contornean. Laura le mira, al sentirse observada.

“Escribir”. Cuando De Lucas escucha ese verbo, se le impone el imperativo tal cual fuera un sortilegio que le descubre la buena suerte escondida.

-¿Quiere que le ayude? -le pregunta amable.

De Lucas suspira largamente y sonríe. Sus ojos azules, nublados de vejez, se encharcan levemente, cruzándose con su mirada, de similar añil apagado. Abarca con la mirada todo su rostro, y le dice:

-Sigues siendo tan bella…

Laura se ruboriza y contiene la respiración. La situación inesperada le sobrepasa. La vívida ensoñación, sostenida en sus miradas, se quiebra cuando Amelia da por concluido el trabajo. En el tiempo exacto que indica la ficha.

-Bueno, ¿os habrá dado tiempo a terminar? ¿Quién quiere comenzar? -pregunta la profesora.

-¡A lo hecho… pecho! -grita Serafín.

-Muy bien -aclama Amelia batiendo palmas.- Mientras añade:

-¿A quién madruga…?

-«El señor le ayuda».- dice Laura sonriente, arrebatada, aún perpleja, volviendo la vista a Mario, en una correspondencia que él recibe con entusiasmo.

-Bueno, bien. Aunque se suele decir “dios”, ¿verdad? -dice Amelia, conformando en el aire la figura de las comillas con sus dedos-. Venga, sigamos, que esto se pone interesante. ¿A la cama no te irás…

-Sin que te pongan el pañal -dice De Lucas, con el gesto torcido.

Entonces, en la sala, se hace un silencio que dura exactamente dos segundos, roto cuando todos prorrumpen en una risa incontrolada.

-¡No! ¿Qué es eso? -dice Amelia-. ¿Por qué se ríen?

-Se ve que esta no sabe lo de los pañales -alza la voz, Serafín, entre las carcajadas.

*

Mientras todo esto sucede, el periodista continúa en la habitación de Mario de Lucas. Lleva un rato absorto, sentado en el sillón orejero, junto a la mesilla de noche, pensando en su vida, en el olor que rezuma la habitación, de una sequedad requemada que le resulta familiar. Su abuela también estuvo en una residencia y conoce esa sensación que deja en el olfato la esencia de la vejez sin ventilar. También piensa en la vida de su entrevistado y en el triste final que para él representa acabar allí, en la residencia, con la mente oscilante entre la brillantez y la incoherencia, siendo un hombre tantas veces alabado, como si esa circunstancia le apartara del común de los mortales. “¿Entrevista, qué entrevista?” Damián vuelve a escuchar el audio grabado “Dios santo, ¿Cómo acabará esto?”, se pregunta en voz alta, mientras se levanta y comienza a hacer fotografías a todo lo que encuentra alrededor. Hace fotos del cuarto de baño, del paisaje que se descubre desde la ventana… Abre los armarios y husmea entre las pertenencias de Mario. No ve nada destacable: ropa etiquetada con su nombre, bolsas para la lavandería, cajas de zapatos. Luego indaga qué esconden los cajones de la mesilla donde encuentra un transistor y una funda de gafas; un rosario y un misal que, entiende, forma parte del atrezzo que la residencia otorga a cada residente. A Damián no le ha pasado inadvertido el cristo, colgado en la cruz, sobre la cama, algo ladeado y con un gesto de dolor apropiado. Solo le queda por descubrir qué hay detrás de una pequeña puerta, también alojada en la mesilla. Encuentra una cartulina blanca, recogida, entubada, con una goma elástica a su alrededor. Cuando la despliega descubre el cartel que refería el escritor al comienzo del encuentro, el de su nieta. Es la foto más interesante que se llevará el periodista. Mientras encuadra el objetivo de la cámara del móvil escucha que se abre la puerta. Lo único que puede hacer es lanzar el cartel bajo la cama y, en dos pasos, sentarse en el sillón, cruzando la pierna como si tal cosa.

Su abuela también estuvo en una residencia y conoce esa sensación que deja en el olfato la esencia de la vejez sin ventilar

Con cierto nerviosismo, escucha cerrarse la puerta. Entra Mario de Lucas. Se pregunta cómo devolver la cartulina de la nieta a su lugar, del que De Lucas, o no sabe o no recuerda.

-¿Quién es usted? -pregunta con los interrogantes acentuados.

-Soy Damián Benedicto. He venido a entrevistarle. ¿No recuerda? Comenzamos la entrevista antes de su clase, en el taller de memoria -dice, comprensivo para retener su atención y con el temor de que se frustre el objetivo.

Por un instante, Mario duda.

-¡Oh!, sí, discúlpeme. Vengo tan emocionado que no sé ni dónde tengo la mano izquierda. Ya me dijeron mis hijos, pero la verdad es que no tengo ganas de entrevistas. Ellos dan por hecho todo. Todo el mundo da por hecho todo sin que te pregunten. Estoy tan feliz que, realmente, no sé si… Sí, encienda la grabadora. Vamos a continuar. Usted pregunte lo que quiera que ya estoy yo aquí para responder lo que me venga en gana. Por cierto, ¿tendrá un cigarrillo?

Al periodista se le cae el alma a los pies.

-Dejé de fumar hace cinco años. Cosas de la salud, recomendación médica. Lo siento.-responde, alzando los hombros.

-Supongo que usted habrá dejado de hacer muchas cosas. Hace cinco años. -dice De Lucas.

-Pues, sí, la verdad. -responde Damián, quien ya ha encendido la grabadora y se incorpora diciendo:

-Pero, siéntese aquí, en su sillón, por favor. El periodista, que al comienzo de la entrevista se había sentado en un extremo de la cama, añade:

-Al menos podían haber traído una silla. -concluye sonriente.

-Aquí nadie piensa si no se le obliga. Tampoco lo reprocho, es lo que suele suceder en cualquier sitio -responde De Lucas-. No se inquiete, llevo mucho tiempo sentado, prefiero estar de pie -concluye, dejando caer el cuerpo sobre el quicio de la ventana que ofrece el paisaje del patio interior. Es hora de visita y los descendientes vienen a cumplimentar el protocolo marcado en el horario. En derredor se acumulan abuelitos en sillas de ruedas, en andadores, y los más jóvenes dentro de su senectud, amparados por el brazo de sus hijos y nietos. Mario busca con la mirada, intentando localizar a Luján, si acaso anduviera por allí. Es lo único que le interesa.

-¿Me puede acercar mis gafas? -pregunta al periodista.

Damián, sin dudar, abre el cajón, coge la funda y se la entrega.

-¿Cómo sabía que estaban ahí? -pregunta.

El periodista duda, haciendo oscilar los ojos de izquierda a derecha.

-Pura intuición, señor -resuelve, y añade para despistar:

-Señor De Lucas, usted alcanzó la gloria literaria en su vida. ¿Qué consejo le daría a los jóvenes que están iniciando su carrera como escritores?

-Cada vez me recuerdo más a mi padre -responde Mario-. Eso me sucedió, por primera vez y de repente, hace décadas. Un día, sin más, me miré al espejo y me dije: ¡leche!, si soy como mi padre. Fue impactante. Nadie, nunca, nos dijo que nos pareciéramos demasiado. Mi rostro y mi carácter contenían más herencia genética de la saga familiar materna. Pero, surgió, como una reencarnación: le vi en mí o yo en él. Fue extraño. Todo es tan extraño…

-Volviendo a la entrevista -dice Damián, más descolocado de lo que ya estaba-. ¿Cuándo entendió que debía retirarse del mundo literario? ¿Cuándo dio por concluida su carrera?

-Usted es imbécil, ¿verdad? ¿No está escuchando lo que le digo? -replica De Lucas, que sigue a su espalda, estirándose para ver mejor lo que le permite la perspectiva desde la ventana.

-¿Perdón?

-Sí, si me ha escuchado perfectamente. Que usted es imbécil. Probablemente lo sepa, aunque no se está queriendo dar cuenta. El mundo está repleto de imbéciles. Tal y como está la cosa, serlo es lo más sencillo. Lo que marca la diferencia es tener conciencia de ello.

Usted es imbécil, ¿verdad? ¿No está escuchando lo que le digo?

En ese momento, De Lucas, ajustándose las gafas, es cuando ve a Luján sentada, a solas en uno de los bancos del patio. Se ha cambiado el vestido. Ahora luce un traje negro de una pieza y tiene entre sus manos un libro. Allí está, con las piernas cruzadas, rodeada por el movimiento propio del día de visitas. Gente que viene y que va. Andadores, sillas de ruedas, abuelitos agarrados a un brazo, ya sabes…

De Lucas, lúcido y refulgente como la flor del almendro el primer día de la primavera, resuelve largar al presunto periodista, quien permanece en una expectativa nerviosa. Tiene varias opciones, se inclina por la más rápida y contundente. Despega su cuerpo del quicio, se gira y grita:

¡Ahhhhh!

Damián se revuelve en la silla.

-¡Váyase de aquí, imbécil! ¡A la voz de ya!

El periodista se levanta, realmente asustado y emprende la salida hasta que se da cuenta que su móvil permanece en la mesilla. Da la vuelta y regresa por él.

¡Ahhhhh! -vuelve a gritar De Lucas.

-Está usted loco -dice Damián antes de abandonar la habitación.

-Loco por perderte de vista, que no es que seas imbécil, que también, es que estorbas…

Luján, Laura, Laura o Luján

Mario se siente pletórico. Cuando abandona la habitación, tras los pasos del periodista, piensa que le va a ver enfilando el largo pasillo que dirige al espacio donde se ubican los ascensores y la escalera. Pero no hay rastro de Damián Benedicto a la vista. Mario oprime el botón del ascensor y permanece a la espera con cierto desasosiego, cruzando los dedos e invocando a los hados para que Luján aún se encuentre sentada en el banco. Cuando, por fin, entra en la cabina se mira en el espejo. Se atusa el pelo y, por un instante, vuelve a verse en su padre. Imágenes distorsionadas llegan a su mente. De repente, regresa a un momento concreto de su vida. Las palabras reverberan: “Algún día serás un hombre”, le dice el padre. “Solo quiero una cosa: Que siempre seas tú. Para lo bueno y para lo mejor”. Esas palabras también las enunció cuando la enfermedad le arrastraba hacia su final, en la cama de un hospital; y cuando De Lucas ya era el escritor que tanta gente leía y amaba por su forma de explicar la vida, haciéndola más certera y agradable, otorgando al amor una dimensión tan dulce como el olor a miel de esa efímera flor del almendro, en el surgir esperanzador de cualquier primavera. “Lo que soy es parte de ti, padre. Gracias, siempre gracias”, supo decirle. Esa fue la despedida que no pudo darle a su mujer, a su Luján.

Algún día serás un hombre (…) Solo quiero una cosa: Que siempre seas tú

Un tintineo leve y una voz enlatada asegurando que se encontraba en la primera planta, le aparta de la ilusión recreada por quién sabe qué.

-Buenas tardes, señor. Queda poco para la cena. A las ocho en punto, ya sabe. ¿Dónde va? -le dice la recepcionista. Palabras que ignora Mario, quien se dirige a la puerta sin más, con una energía en sus pasos mejorada. Los achaques de la salud se estaban pronunciando en su cuerpo, equilibrando los males de la cabeza. Sin embargo, la excitación que sentía le elevaba lo suficiente como para caminar firme y liviano.

Cuando De Lucas alcanza el patio, las farolas ya están encendidas. La luz crepuscular del atardecer ilumina las sombras en ese vértigo lineal e impreciso que separa la tarde de la noche. Laura aún está sentada, a solas, leyendo el libro que tenía entre manos cuando Mario la descubrió desde la ventana. Se dirige a ella.

-¿Cómo estás tan sola? -le pregunta.

-No lo estoy -dice, mostrando la portada de la novela:

Lo que queda de la vida es la última mirada. Mario de Lucas”.

-¿Es usted el autor, verdad?

-¿Por qué no me tuteas? -De Lucas sonríe.

-Cuando me dijeron que estaba usted aquí… perdón, cuando me dijeron que estabas aquí, le dije a mi hija que me trajera esta novela…

-¿Quién, nuestra hija, Eva?

-No, Marga. Mi hija se llama Margarita.

Laura no sabe cómo interpretar lo que está ocurriendo, aunque comienza a sospechar.

-Esa novela fue lo último que escribí. Cuando la concluí sabía que ya no quedaba más que decir. Ahora, verte aquí, leyéndola… ¿Crees que la vida sabe conceder segundas oportunidades?

Laura medita.

-Creo que la vida es la única oportunidad -responde.

-Me arrepiento de tantas cosas que hice mal -dice Mario, con la mirada enturbiada.

-¿De cuáles? -pregunta Laura con el ceño fruncido, observante e inquieta ante ese nuevo momento inesperado.

A Mario no le hace falta pensarlo. Las palabras emergen encadenadas:

-Principalmente de haberme apartado del mundo real, de cada día, inventando paisajes que recrearan la vida de los otros. Por eso, porque no supe estar a tu lado lo suficiente, ni al lado de los chicos. No decirte un ‘te quiero’ en su momento, no poder despedirme de ti cuando aquél día maldito la fatalidad te apartó de mi para siempre. No hay día que no me maldiga…

Ahora Laura ya no tiene dudas. La confusión se ha apoderado de ese hombre. Ella sabe que su esposa, Luján, falleció en un accidente de tráfico. Desde que supo que compartía residencia con una eminencia de la que había sido admiradora, le pidió a su hija algo más que su última novela. Internet fue la fuente, los artículos sobre De Lucas, escritos hacía ya tiempo, eso sí, seguían informando tanto de su vida profesional como personal.

“¿Cómo reaccionar?”, se inquiere Laura, quien por un momento y en el taller de memoria, se había ilusionado con esa breve y extraña declaración amorosa. “Sigues siendo tan bella”, resuenan las palabras en su mente, como lo es un eco. Irreal, pero cierto.

Con su dedo índice, Mario, tembloroso, le aparta el cabello del rostro, para verla mejor, dejando al descubierto una mirada comprensiva, que se sostiene fija frente a él, en un silencio que, por contradictorio que parezca, no necesita de explicaciones.

-¿Sabes?, creo no tienes razón -dice Laura.

-¿En qué?

-Que lo que queda de la vida no es la última mirada.

Mario se echa hacia atrás, sorprendido por esas palabras que pronuncia, contundente, sin albergar el mínimo género de duda.

-Ven, vamos a cenar, que ya es la hora. Dame la mano -dice Laura.

Mario se levanta, a la vez que ella. Siente sus dedos entrecruzados con los suyos. Avanzan despacio, camino de la puerta principal de la residencia. Ya no queda nadie en derredor, mientras el crepúsculo es imbuido por la artificialidad de las farolas.

-¿Hueles eso? -le pregunta ella.

-¿El qué?

-Huele a primavera. ¿No percibes el aroma? Los almendros están floreciendo.

Fin

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