Fue exactamente un 16 de octubre de 1994. Lo sé porque así figura escrito en la portada del libro, junto a los enunciados en letra gótica:

Mi Lucha

Adolf Hitler

Eso de escribir las fechas en los libros lo heredé de mi madre que, a su vez, ella lo heredó de su padre. Yo, durante un tiempo ¿perfeccioné? el método e igual que escribía la fecha de la compra del libro, escribía al final el día que concluía su lectura 😛

La historia del ‘librero’ opinador

Sin desviarme del tema, recuerdo aquel día que compré el ignominioso discurso ‘enlibrado’ (o endiablado) del Führer porque sucedió algo inesperado y que no me había ocurrido nunca, ni siquiera cuando compré El Manifiesto Comunista u otros libros de idéntico marcado sesgo ideológico.

La cuestión es que me quedaba un año para concluir mis carreras universitarias de Ciencias Políticas y Sociología y, aunque nos habían hablado profusamente de lo que era el fascismo (que casi nada tiene que ver con lo que hoy muchos llaman así), no había tenido la oportunidad de leer qué ideas, desde la cárcel, Adolf Hitler había trasladado al papel, condensando su discurso antisemita, anticapitalista, anticomunista, antieuropeista,… etc, etc, y etc… Paseaba con la que era mi novia en aquel momento, por la Avenida de Monforte de Lemos, en mi querido Barrio del Pilar, allí donde me crié y donde una hilera de casetas daban forma a una pequeña Feria del Libro, a las que nunca he podido resistirme.

Fue entonces cuando vi un ejemplar de ‘Mi Lucha’ a un precio razonable, según mi presupuesto de estudiante y me dije: «lo compro, por fin voy a leer qué cojones escribió éste». La curiosidad, pues, me llevó a pagar en esas antiguas pesetas un precio que ya no recuerdo. Y cuando, tras asir entre mis dedos el ejemplar (poco ejemplarizante), y entregándoselo al librero, un joven delgado con gesto adusto (esto de adusto, he oído que es casi obligado en cualquier narración donde aparezcan individuos poco recomendables), me espetó:

-Mi Luuuucha, de Adoooolf Hiiiiitler.

Es difícil transcribir el tono en palabras escritas, con ese retintín que impuso el librero en su holgado desprecio, su opinión inopinada y no pedida, pero sucedió. Como si ‘entendiera’ por arte de birli birloque que yo era un admirador de esa obra y de sus postulados.

-Mi Luuuucha, de Adoooolf Hiiiiitler.

Mira que siempre he sido muy contestón -y contestatario-, y así me ha lucido muchas veces, pero en ese momento le devolví una sonrisa y le entregué mi dinero. Dimos media vuelta y nos marchamos.

¿Has oído cómo te lo ha dicho? -preguntó la que entonces era mi novia, hoy cientos de años después mi querida y amada mujer, y yo su marido…

Pienso en esto y en el buenísmo que nos rodea. En los juicios de valor que hacemos sin que nos pregunten. Somos juzgadores (y sojuzgados) sin más responsabilidad que lo políticamente correcto. Probablemente, ese tipo, ese presunto librero, era un empleado. El dueño de un negocio no suele postularse. Lo tiene fácil, con no vender lo que no le gusta, ya cumple con su conciencia.

Pienso en esto porque hasta el legislador en su manifiesta ignorancia conmina a la lectura sin plantearse los contenidos de la misma, ni sus implicaciones:

Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas. Aún vigente. Que dice en su bonito preámbulo: «En la actualidad, se concibe la lectura como una herramienta básica para el desarrollo de la personalidad y también como instrumento para la socialización; es decir, como elemento esencial para la capacitación y la convivencia democrática, para desarrollarse en la «sociedad de la información» Y así siguen diciendo que leer es bueno per se, sin plantearse que depende lo que leas, así serás, o podrás ser. Un zote, un ignorante, un sabio o un loco. O mil cosas más. Pues, no. Se necesitan educadores, cómplices, profesores, en definitiva, que sepan orientar y explicar. Algo que no abunda. Por esa razón, hay tanto ignorante llamando fascismo a lo que no es, a lo que no les gusta, a lo que creen que es, simplemente, lo contrario a lo que piensan, a su ideología.

Leí ‘Mi Lucha’ y comprendí muchas cosas, desde un punto de vista crítico. Comprendí que era el discurso de un iluminado por la luz gris y opaca que iluminaba su sesgado pasado. Las deudas de una Europa inoperante, inactiva, ausente. Desde la guillotina hasta  el Tratado de Versalles. Pero también entendí -porque aprendí algo de Historia en la Facultad- que la Historia del nazismo arraigó como consecuencia de otras felonías que el aburrido ‘buenísmo’ de la Europa imberbe alimentó tras la Primera Guerra Mundial y esa llamada Paz de Versalles. Esa Europa mal mandada que ahora tenemos y que es complicada de entender. 

A la que le falta espíritu crítico y saber dar soluciones. Cada uno a lo suyo. Así nos luce.

Yo compré ‘Mi Lucha’ para intentar entender. Sigo intentándolo. Sigo leyendo libros dispares. Por supuesto, no me preocupa encontrarme con libreros (u otras personas) que creen que eso que compras te identifica. Afortunadamente, en estos últimos años he tenido la suerte de conocer otro tipo de libreros que no tienen complejos. Y he pasado bastantes horas detrás del mostrador en las Ferias, junto a ellos. Espero poder volver pronto. La mayor parte de esos libreros ahora son también amigos. Personas nobles, interesadas por la cultura; que han construido su vida alrededor de los libros. En su mayor parte, los aman. Así de simple.

En realidad, esto de lo que hablo es lo que ocurre con la mayor parte de la ‘gente’. Hay demasiados sabios en hacer apriorismos e ignorantes en ser interpretadores, que tienen ideas preconcebidas y un montón de prejuicios.

Baste terminar recordando algo que escribió mi admirado Wilde. Decía algo así: «Soy responsable de lo que digo, no de lo que tú interpretes».

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