Si alguna vez has deseado vivir en el Londres victoriano, permíteme quitarte la idea de la cabeza. Sí, la estética era elegante y la literatura insuperable, pero las posibilidades de morir antes de la cena eran altísimas.
Y no hablo solo de los famosos crímenes victorianos y escándalos reales que llenaban los periódicos. Hablo de algo más sutil, más frío y mucho más efectivo: el veneno.
El siglo XIX fue la «Edad de Oro del Envenenamiento». ¿La razón? Era terriblemente fácil de conseguir, casi imposible de detectar y los síntomas solían confundirse con enfermedades comunes como el cólera o la disentería. Para un asesino con paciencia, era el crimen perfecto.
1. El Rey: Arsénico («Polvos de la herencia»)
El arsénico era el favorito de las viudas negras y los sobrinos impacientes (de ahí su apodo). Era barato, insípido e inodoro.
Lo más terrorífico es que no tenías que ir al mercado negro. El arsénico estaba en todas partes: en el papel pintado de las paredes, en los vestidos verdes de moda y hasta en los cosméticos para «blanquear la tez». Matar a alguien era tan sencillo como espolvorear un poco en la sopa. La víctima sufría vómitos y dolor estomacal, y el médico certificaba «muerte natural por causas gástricas». Caso cerrado.
2. La Reina del Drama: Estricnina
Si el arsénico era sutil, la estricnina era teatro puro. Agatha Christie la adoraba para sus tramas de novela negra por una razón: los efectos son aterradores.
Este alcaloide ataca el sistema nervioso central. La víctima no se duerme plácidamente; sufre convulsiones violentas y su cuerpo se arquea hacia atrás hasta que solo la cabeza y los talones tocan el suelo. A menudo, la muerte dejaba una mueca macabra en el rostro conocida como rictus sardonicus (la sonrisa sardonica).
3. El Consuelo del Poeta: Láudano
No era un veneno per se, sino una medicina omnipresente. Una mezcla de opio y alcohol que se vendía sin receta para todo: desde el dolor de muelas hasta el llanto de los bebés.
Muchos escritores victorianos (incluidos Coleridge o Elizabeth Barrett Browning) eran adictos. En dosis altas, era la forma más «romántica» de suicidarse o de eliminar a alguien sin violencia: simplemente se quedaban dormidos y olvidaban respirar.
El fin de la impunidad: La prueba de Marsh
Durante décadas, los envenenadores camparon a sus anchas. Pero en 1836, el químico James Marsh desarrolló un test capaz de detectar trazas de arsénico en el cuerpo humano, incluso mucho tiempo después de la muerte.
Fue el nacimiento de la toxicología forense. De repente, el «crimen perfecto» dejó de serlo, y muchos asesinos que se creían a salvo terminaron en la horca.
💀 El Nueva York peligroso de Oscar Wilde
Este ambiente de peligro invisible, niebla y secretos es el escenario donde transcurre mi novela ‘Wilde Encadenado’. Una historia donde Oscar Wilde no es solo un dandi, sino un hombre al que usurpan su personalidad en el Nueva York al que visitó con tanto éxito.
🧪 ¿Conocías la facilidad con la que se podía comprar veneno en el siglo XIX? Si fueras un personaje de novela negra, ¿cuál sería tu «arma» elegida? Te leo en comentarios.
