Tengo una teoría que probablemente me granjee enemistades en las redacciones de los suplementos culturales (si es que queda alguien humano por allí), pero debo enunciarla: Ningún crítico literario, de cine o de teatro, series de televisión, etc.. debería ejercer como tal sin haber intentado, al menos una vez, crear algo.
Y no me refiero a crear un hilo de Twitter-X o una ensalada mixta con tropezones. Me refiero a parir una novela, rodar un corto o levantar una obra de teatro.
La teoría de los «regordetes culos»
Mirad el panorama. Hay una legión de expertos en novelas, series y películas que se sientan con sus regordetes culos en butacas ergonómicas a dictar sentencia. Para bien o para mal, deciden la vida y la muerte de una obra sin haber escrito jamás una línea de ficción más allá de sus propias reseñas (que, a veces, tienen más ficción que la obra que critican).
Es como ese adagio que dice que todos somos los mejores entrenadores de fútbol, los que resolverían las crisis políticas… desde la barra del bar. Es muy fácil gritar «¡corre más!» con una cerveza en la mano y la barriga llena de patatas fritas. Lo difícil es bajar al barro y rematar a la escuadra, o que el balón roce el poste escapando al gol.
Porque un crítico, desde la comodidad de su teclado, tiene el poder de acabar con la paz mental de un creador. Y esto no es una hipérbole. Conozco un caso cercano —cuyo nombre me guardaré por prudencia y por confidencialidad— que lo ilustra perfectamente.
Mi amigo rodó una película. Vale, seamos honestos: no era El Padrino. Quizá no era extraordinaria. Pero el esfuerzo titánico de levantar un rodaje, coordinar equipos, pelear con la luz y el sonido… eso merecía un respeto. Un respeto que «El Crítico» no tuvo. Un «crítico» que, desde una web muy bien posicionada parecía tener una deuda o que le había robado la novia, que no era el caso.
Imaginen la escena: un gordete con gafas —y ojo, que yo también las llevo y no soy precisamente un sílfide, así que hablo con conocimiento de causa estética— destrozó la peli sin piedad. No evaluó la obra; escupió sobre el esfuerzo. Y mientras mi amigo perdía el sueño, el crítico probablemente se fue a cenar tan tranquilo, satisfecho de su ingenio destructivo, sin saber (o importarle) que al otro lado había un ser humano y no solo un producto.
Por suerte, mis malas críticas solo se reproducen en una estrella amazoniaca, de algún lector/a, que hasta ahora no ha dicho qué no le gustaba de alguno de mis libros. Por suerte, tengo pocas… Escribí sobre eso, sobre la importancia que tiene una sola, tanto como cinco estrellas en las reseñas.
Cuando la historia se repite: El caso Whistler
Pero no nos engañemos, esto no es culpa de Internet ni de los tiempos modernos. La arrogancia de quien juzga sin saber hacer es tan antigua como el arte mismo. Si crees que los haters de hoy son duros, es porque no conoces la historia de uno de los juicios más surrealistas del arte victoriano.
Hace tiempo escribí sobre esto en el Magazine Actually Notes; y viene al pelo para entender que, a veces, el artista debe defenderse.
Esta es la historia
El pintor James McNeill Whistler creó una obra atmosférica y maravillosa titulada Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo. No era una foto, era pura emoción, pinceladas que buscaban capturar el instante de unos fuegos artificiales.
¿Y qué pasó? Que apareció John Ruskin.
Ruskin no era un bloguero cualquiera; era el crítico más reputado de la época. Su veredicto fue devastador: dijo que la obra era «como lanzar un bote de pintura a la cara del público«. Básicamente, le llamó estafador y vago.
Pero Whistler, lejos de quedarse llorando en su estudio, hizo lo impensable: le demandó. Llevó al crítico a los tribunales.
Fue un juicio fascinante donde se debatió el verdadero sentido del Arte. Whistler defendió que su cuadro no era una «obra descriptiva» (no tenía que parecerse a una foto), sino un «arreglo artístico». Defendió que el arte es evocación, no copia.
¿El resultado? Whistler ganó. El juez le dio la razón.
Pero aquí viene la ironía final, el chiste macabro del destino: el juez condenó a Ruskin a pagar un cuarto de penique por daños y perjuicios. Una moneda insignificante.
Fue una victoria moral, sí, pero pírrica. El sistema judicial reconoció que el crítico había dañado el honor del artista, pero valoró ese honor en menos que una caja de cerillas. Whistler quedó tocado por las costas del juicio, pero dejó un mensaje eterno: el creador defiende su visión; el crítico solo defiende su opinión.
Conclusión
Así que, la próxima vez que leas una crítica despiadada firmada por alguien que nunca se ha enfrentado a la página en blanco, recuerda a mi amigo, recuerda al gordete con gafas y, sobre todo, recuerda a Whistler.
Es fácil decir que un cohete cayendo son solo manchas de pintura cuando nunca has intentado capturar la luz en medio de la oscuridad.
🧠 ¿Y tú qué opinas? ¿Debería ser requisito indispensable haber publicado un libro para poder criticar uno? Te leo en los comentarios (y prometo no criticar tu ortografía, ni tú la mía…) 🧠
